Un alcalde se ha salvado: lo que pudo haber sido y no fue
Confieso que habría celebrado el cese en la alcaldía de Valdepeñas de Jesús Martín. Y lamentado que por su enquistamiento en el sillón hubieran perdido su medio de vida algunos de sus concejales (jeje). Me explico. Me malicio -es una hipótesis- que le han podido susurrar al oído desde algunas instancias: “Parece que está en marcha una moción de censura, que no se produciría si te vas ya mismo y adelantamos la ´operación Vanesa´ a mitad de legislatura”. La sempiterna soberbia del alcalde no habría permitido tal maniobra. ¿Susto o muerte? Eligió susto.
Parece ser que en esa hemos estado. Qué demócrata no se hubiera alegrado de que un autócrata cesara en sus funciones. Quiero pensar que, incluso dentro del partido que lo acoge, hay personas a quienes no les gusta los procederes de su perverso compañero, el primer edil de esta localidad. Pero también puedo entender que, al tener la habilidad de haberse hecho, merced al más rancio populismo, con las voluntades de un sector de la derecha local y del nacionalcatolicismo aún rampante, ha sido una eficaz cosechadora de votos para las siglas. Viene a ser una réplica, valga la comparanza, de aquel Bono y de este Page, con quienes compartió y comparte procesiones, misas mayores, coronaciones canónicas y reparto de dádivas.
Faltaría más negar legitimidad a sus mandatos, asentados en mayorías absolutas o pactando, como ha ocurrido en el presente, con la extrema derecha. Pero no, la “pinza” era la que formaban la derecha local y la izquierda a su izquierda, basada su denuncia en mentiras, bulos y manipulaciones; basada en la misma guerra sucia que el gobierno de coalición progresista y el presidente Sánchez soportan desde su constitución por parte de las derechas españolas. En esta ciudad tenemos figuras locales equivalentes a otras conocidas nacionales: existe un sosias de Toni Cantó, pero también este neoMAR.
Susto, efectivamente, porque los que llama “comunistas” como insulto, coincidiendo con los ultras en esa burda estrategia comunicacional, propia de hace cincuenta años; los que llama comunistas, digo, han dicho NO a la moción de censura que el Partido Popular proponía y daría la alcaldía a su portavoz Cándida Tercero. Contaría con los votos de sus concejales, los de Vox y el del no adscrito. Para completar los once contra diez que descabalgarían a Martín, hacían falta los dos de Unidas por Valdepeñas, pero la asamblea de afiliados de Izquierda Unida y Podemos, que forman esa coalición, ha dicho NO a esa opción. ¿Dirá ahora don Jesús que ha cambiado de pinza, y la de ahora la constituye el PSOE con Unidas por Valdepeñas, que ha hecho posible su mantenimiento? Su falta de escrúpulos se lo permitiría, pero sí entiendo que deberá estar eternamente agradecido a Izquierda Unida, aunque sea humillante para él, de no haber salido a rastras, y por la puerta de atrás, del Ayuntamiento.
Vuelvo al principio. Cuánto me habría satisfecho haber reciclado y reeditado aquel eslógan del PCE en las primeras elecciones municipales democráticas tras la dictadura, allá por 1979: “Quita un cacique, elige un alcalde”. Pero una cosa son las emociones, incluso, por qué no decirlo, un cierto afán de justicia poética, en pago no solo por las continuas ofensas recibidas y manipulaciones sufridas -que se han ido acumulando a lo largo de los años y reforzadas en sus entrevistas “masaje”-, sino por sus manejos antidemocráticos y para impedir que pasen al pleno municipal las alternativas presentadas por los dos meritorios concejales de Unidas por Valdepeñas, Alberto Parrilla y David Casado. O por la última traviesa maniobra, de dudosa legalidad, para aprobar unos presupuestos municipales que tenía perdidos.
Pero una cosa son las tripas y haberse dado el gustazo de quitarse de encima a semejante personaje, y otra la coherencia política. Como votante y exafiliado de IU, no puedo por menos de felicitar y agradecer que la decisión, democráticamente adoptada, haya sido la de no juntar elementos tan dispares, la de no ir de la mano de unas organizaciones de orientación histórica, ideológica, programática y política diametralmente opuestas a la que representan unas siglas limpias, honorables y progresistas. Tal operación habría supuesto, además, un desprestigio a nivel nacional, regional y local de las izquierdas a la izquierda. Porque no todos los políticos son iguales. Ni mucho menos.
José Rodríguez-Tarduchy
